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La competitividad industrial depende tanto de producir energía limpia como de garantizar que esa energía pueda llegar allí donde genera valor.
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«España ha concentrado buena parte de sus esfuerzos en la generación eléctrica y que el gran reto pasa ahora por atraer demanda, industria, que genere empleo y calidad», Ramón Roca, director de El Periódico de la Energía.
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«El reto no consiste tanto en atraer inversiones como en conseguir que esa transformación llegue realmente al territorio y se traduzca en empleo y riqueza», Joan Groizard, secretario de Estado de Energía.
10 de junio de 2026.
La quinta edición de la Noche de la Energía, organizada por El Periódico de la Energía, dejó algo más que el reconocimiento a proyectos destacados en ámbitos como la descarbonización, el almacenamiento o la digitalización. Entre los discursos institucionales y las intervenciones de los protagonistas del sector emergió una idea que merece ser subrayada: la transición energética española ha alcanzado un punto de madurez en el que ya no basta con seguir incorporando capacidad de generación. El desafío pasa ahora por convertir esa ventaja en actividad económica, empleo e industria.
No es una reflexión nueva para el Foro Industria y Energía. Desde hace tiempo venimos defendiendo que la competitividad industrial depende tanto de producir energía limpia como de garantizar que esa energía pueda llegar allí donde genera valor: las fábricas, los procesos productivos y las empresas que sostienen nuestro tejido económico.
Hacia el fin del generacentrismo
En este sentido, resultaron especialmente significativas las palabras del director de El Periódico de la Energía, Ramón Roca, cuando advirtió que España ha concentrado buena parte de sus esfuerzos en la generación eléctrica y que el gran reto pasa ahora por «atraer demanda, industria, que genere empleo y calidad». Una reflexión que resumió con una frase tan sencilla como contundente: «Sin demanda no hay futuro posible».
Ese planteamiento conecta plenamente con una idea que el Foro viene desarrollando desde hace tiempo: la necesidad de superar el generacentrismo, esa tendencia a medir el éxito de la transición casi exclusivamente en megavatios instalados, dejando en un segundo plano la capacidad del sistema para abastecer nuevas actividades económicas y fortalecer la competitividad industrial.
Porque la transición energética no culmina cuando se conecta una nueva planta de generación. Culmina cuando esa electricidad permite abrir una nueva línea de producción, ampliar una fábrica o atraer una inversión que, de otro modo, terminaría instalándose en otro país.
Remar en la misma dirección
Otra de las ideas que atravesó el discurso de Ramón Roca fue la necesidad de construir la transición desde el diálogo y la colaboración. «Tenemos que participar todos, hay cabida para todos», afirmó, reivindicando un modelo basado en el acuerdo y la búsqueda de objetivos comunes.
Es una reflexión que conecta con uno de los principios fundacionales del Foro Industria y Energía: la transición energética solo será posible si integra a todos los actores de la cadena de valor, desde la industria y las empresas energéticas hasta las administraciones públicas y los operadores de redes. Porque la competitividad industrial no depende únicamente de la tecnología o de la regulación, sino también de la capacidad para construir una visión compartida del futuro energético.
Las redes, el eslabón decisivo
Si existe un punto donde el diagnóstico parece coincidir de forma casi unánime es en el papel de las redes eléctricas.
Roca insistió en que «España necesita más y mejores redes» y recordó que sin acelerar las conexiones será imposible que aumente la demanda eléctrica. También defendió la necesidad de facilitar la ampliación de capacidad de la industria ya instalada, una cuestión especialmente relevante para la reindustrialización del país.
Desde el Foro Industria y Energía llevamos tiempo alertando de este desafío. Nuestros análisis muestran una saturación creciente de las redes de distribución y de las subestaciones eléctricas, una realidad que limita tanto la llegada de nuevos proyectos industriales como la expansión de empresas que ya producen y generan empleo en España.
Al fin y al cabo, la energía continúa siendo el verdadero pasaporte de la industria: determina qué proyectos pueden desarrollarse, cuáles pueden crecer y cuáles terminan buscando oportunidades en otros territorios.
Un diagnóstico compartido que ahora exige ejecución
El secretario de Estado de Energía, Joan Groizard, aportó una mirada especialmente lúcida y bien fundamentada desde la perspectiva institucional. Durante su intervención destacó, con datos que reflejan el buen momento que atraviesa España, el elevado interés inversor existente en el país y el importante volumen de proyectos industriales que buscan conectarse a la red eléctrica. Con notable claridad de diagnóstico, señaló que el reto ya no consiste tanto en atraer inversiones como en conseguir que esa transformación llegue realmente al territorio y se traduzca en empleo y riqueza.
En esa línea, recordó las medidas incorporadas en el Real Decreto-ley 7/2026 para priorizar el acceso a la red de la industria que necesita incrementar su demanda eléctrica, así como las reformas dirigidas a liberar capacidad y reforzar las infraestructuras de distribución.
Son pasos firmes y en la dirección adecuada, que reflejan un liderazgo atento a las necesidades reales de la industria. El verdadero éxito, en todo caso, dependerá de que esas medidas —ya bien encaminadas— se consoliden en señales regulatorias estables, en inversiones efectivas en redes y en una planificación capaz de acompañar el ritmo que exige la transformación industrial.
La transición entra en una nueva etapa
Quizá esa sea la principal conclusión que deja esta edición de la Noche de la Energía. Existe una creciente coincidencia en torno al diagnóstico: la competitividad de España ya no depende únicamente de producir más energía renovable, sino de que esa energía encuentre demanda, impulse la actividad industrial y fortalezca nuestro tejido productivo. La transición energética entra así en una nueva fase. Una fase en la que el verdadero indicador del éxito dejará de medirse únicamente en megavatios instalados para empezar a hacerlo también en fábricas que crecen, inversiones que permanecen y empleo industrial que se consolida.