• Las negociaciones entre EE. UU. y Rusia sobre Ucrania colocan a la UE ante un dilema estratégico

  • Europa se enfrenta a un triple dilema energético: optar por los suministros rusos de gas barato, ahondar en su dependencia de Estados Unidos o fortalecer su propia autonomía estratégica. 

  • Modificar los planes de descarbonización enviaría señales contradictorias a las empresas e industrias que están apostando por la descarbonización, la electrificación y los gases renovables para mantenerse competitivas.

Entre las consecuencias que podría tener un posible fin del conflicto entre Rusia y Ucrania, una de las que llama más la atención de la industria europea es la influencia que este nuevo marco podría tener en la gestión energética y en el proceso de descarbonización de la industria.

La sola posibilidad de que Trump y Putin decidan reabrir la espita del gas ruso abre un nuevo dilema para las autoridades europeas y, por extensión a la industria, que, como ya hemos hablado en ocasiones anteriores, depende cada vez más de un acceso barato, garantizado y sostenible (en el más amplio sentido de la palabra) a la energía.

Es un hecho que el conflicto entre Ucrania y Rusia ha tenido repercusiones globales en los mercados energéticos. Y que un posible acuerdo de paz podría transformar la dinámica de los precios de la energía y el acceso a la misma. De hecho, tras el anuncio de conversaciones entre Trump y Putin, los precios del gas natural en Europa cayeron hasta un 8,2%, lo que sugiere que la reanudación de los flujos de gas ruso podría estar cerca.

Un posible fin del conflicto (que, por supuesto, todos deseamos), podría contribuir a aumentar los suministros energéticos. Sin embargo, esta situación plantea un dilema para la UE: reanudar la dependencia del gas ruso podría ir en contra de sus esfuerzos por lograr la independencia energética mediante fuentes renovables. Un dilema que, además, se podría convertir en fundamental con la perspectiva de las elecciones alemanas de este próximo domingo.

El debate interno sobre la autonomía estratégica, y en concreto, sobre la contribución de la gestión energética para alcanzarla no ha hecho más que empezar. Y movimientos como un previsible fin de las sanciones a Rusia que permitan abrir de nuevo la autopista del gas natural barato procedente de Rusia generan, cuando menos, algunas dudas que trascienden del ámbito político para instalarse en el día a día de fábricas, talleres y otras instalaciones industriales. La decisión de cómo reintegrar a Rusia en los mercados europeos o estrechar la relación con EE. UU. podría tener repercusiones directas en la gestión de la transición energética de la UE.

Sin embargo, limitar el problema a las consecuencias del regreso del gas ruso es simplificar demasiado. La realidad es que Europa siempre ha estado en una posición vulnerable, independientemente de la coyuntura internacional: el gas ruso se ha sustituido por GNL procedente de los EE. UU., eso sí, más caro. Europa representa en la actualidad nada menos que el 55 % de las exportaciones de GNL del país norteamericano.

La sola posibilidad de que se puedan modificar los planes de descarbonización enviaría señales contradictorias a las empresas e industrias que están apostando por la descarbonización, la electrificación y los gases renovables para mantenerse competitivas. Y generaría, por qué no decirlo, una gran incertidumbre: ¿qué industria no se va a preguntar si vale la pena seguir esta senda verde?

Frente a Rusia y EE. UU.: ¿Autonomía Estratégica?

La geopolítica energética marcará la economía y la diplomacia. El fin posible fin del conflicto entre Ucrania y Rusia podría generar un impacto significativo en los precios de la energía, al estabilizar los mercados mediante la reactivación de los flujos de gas y petróleo. En este escenario, Europa se enfrenta a un triple escenario: optar por los suministros rusos de gas a bajo costo, aumentar su dependencia de Estados Unidos o fortalecer su propia autonomía estratégica.

Ante estos escenarios, la hoja de ruta de Europa parece clara, como nos sugieren iniciativas como la Brújula de la Competitividad, el Pacto Industrial Limpio o la Ley de Aceleración de la Descarbonización. Sin embargo, no hay que minimizar las posibles amenazas en el trayecto, que, en forma de cantos de sirena, nos desvíen del camino trazado para devolvernos a la casilla de salida con argumentos como un precio más accesible del gas natural, que, no lo olvidemos, ya suponía el 40% del suministro energético de la UE antes del conflicto de Ucrania.

Este es un momento clave para que la UE decida reforzar su objetivo de alcanzar una autonomía estratégica que le ayude a reducir la dependencia de grandes potencias. Aunque la estabilización de los precios del gas y el petróleo podría aliviar la presión para invertir en energías limpias, existe el riesgo de que algunos países frenen la transición energética, generando divisiones internas. Un ejemplo claro podría ser Alemania, uno de los países europeos que más importa y que celebrará elecciones este domingo.

Desde la perspectiva de la industria la cuestión clave es ¿realmente obtenemos un beneficio por seguir la senda de la descarbonización o es solo un imperativo que puede llevarnos a perder competitividad? La pregunta parece políticamente incorrecta, pero harían bien las autoridades europeas en responderla con argumentos sólidos antes de que las empresas no acaben perdiendo la fe en este proceso atraídos por los cantos de sirena de una energía más barata y con garantía de suministro.