• Cuando trazamos la huella industrial del turismo, descubrimos que cada experiencia vacacional comienza mucho antes, en las naves industriales que dan forma a los materiales.

  • El futuro no es ‘o turismo, o industria’. Se trata de entender que uno no funciona sin la otra.

  • Detrás de cada experiencia turística hay toneladas de acero, metros cúbicos de vidrio, kilómetros de cable, megavatios de energía. Hay trabajadores cualificados, ingenieros, técnicos de mantenimiento. Hay industria.

  • No podemos permitirnos ser un país que solo sirve la mesa; debemos ser el país que también fabrica el plato.

23 de enero de 2026

Esta semana, Madrid se ha convertido en el epicentro global del turismo con la celebración de FITUR. Los pabellones de IFEMA se llenan de promesas de playas paradisíacas, rutas gastronómicas y experiencias inolvidables. En el imaginario colectivo resuena el mantra de siempre: «España vive del turismo». Que el futuro de España se escribe exclusivamente con «T» de Turismo. Y es cierto. Pero es una verdad a medias, de esas que suenan bien en un titular pero que esconden una realidad mucho más compleja y, paradójicamente, mucho más interesante.

Porque si nos alejamos un poco de la foto del monumento y rastreamos la huella industrial del turismo, descubriremos que esa «T» de Turismo no se sostiene sin una «I» mayúscula: la de Industria. El turismo no es un sector que flote en el vacío. Es, en realidad, el escaparate de una maquinaria productiva que a menudo permanece invisible al ojo del visitante. Cuando trazamos la huella industrial del turismo, descubrimos que cada experiencia vacacional comienza mucho antes, en las naves industriales que dan forma a los materiales.

Más allá de la postal: la industria que nadie ve, pero todos tocan

Hagamos un ejercicio sencillo. Imaginemos la escena: 32 grados a la sombra en Benidorm, mediados de agosto. Un turista alemán pide una cerveza bien fría. La botella llega a su mesa cubierta de condensación, perfecta, y él ni siquiera se pregunta de dónde viene ese envase de vidrio transparente que sostiene en la mano.

Pero alguien tuvo que fabricarlo. En algún lugar de España, un horno industrial alcanzó los 1.500 grados centígrados para fundir arena, carbonato de sodio y caliza. Consumió energía -mucha energía- para convertir esos materiales en el vidrio que ahora protege esa cerveza. La industria vidriera española produce más de 3,5 millones de toneladas de envases al año. Detrás de ese refresco frío en la terraza hay también una industria alimentaria que produce la bebida, una logística que la transporta y una cadena de frío que la mantiene a la temperatura adecuada. Sin todo eso, el turista seguiría con sed.

El brindis frente al mar es, en realidad, el resultado de una cadena industrial completa.

Y eso es solo el principio. Porque alguien fabricó también la hamaca donde se tumba o la mesa de la cafetería donde degusta nuestra gastronomía. Parecen objetos sencillos, casi decorativos, pero alguien tuvo que diseñarlos, fabricarlos, ensamblarlos. La estructura de aluminio proviene de una industria metalúrgica que ha tenido que competir en mercados globales. Los textiles técnicos requieren procesos de hilatura y tejido especializados. Madera, metal, plásticos, textiles. Todo eso, antes de llegar a la playa, ha pasado por hornos, extrusoras, telares y líneas de montaje.

El confort del descanso tiene historia industrial.

¿Y el autobús turístico que recorre las Ramblas o el tren de alta velocidad que une destinos? Acero laminado, vidrio templado, polímeros técnicos, sistemas eléctricos, componentes electrónicos, neumáticos, baterías. Cada componente es un pequeño milagro de ingeniería industrial. La industria automovilística y de componentes da empleo directo a más de 200.000 personas en España. Industria siderúrgica, automovilística, química. Sin ella, los turistas seguirían en el aeropuerto.

La movilidad del descubrimiento es una victoria de la ingeniería española.

Y cuando ese turista regresa a su hotel eficiente, climatizado, iluminado y conectado, vuelve a encontrarse con ella: materiales de construcción, sistemas de climatización, equipamiento eléctrico, domótica. Industria, una vez más.

La experiencia turística es, en gran medida, una experiencia de consumo de productos industriales. El turismo se vive en experiencias, pero se sostiene en fábricas. La industria es el hardware; el turismo, el software.

La energía detrás del bronceado: el motor invisible de la industria

En España, el sol es un activo económico dual. Atrae turistas, llena terrazas y justifica temporadas altas. Pero también es energía. Energía que hoy está transformando nuestra industria.

El mismo astro que broncea al turista en la Costa del Sol es el mismo que, gracias a la fotovoltaica, alimenta las plantas que fabrican todo lo que ese turista consume. La producción fotovoltaica española ha crecido considerablemente, convirtiendo al país en uno de los líderes europeos en generación solar. Esa energía permite que la industria del vidrio reduzca su huella de carbono, que las acerías integren electricidad renovable en sus procesos, que las plantas de tratamiento de agua funcionen de forma más sostenible.

No es casualidad que un país atractivo por su clima sea también un país con potencial para desarrollar una industria más electrificada y menos dependiente de combustibles fósiles. El sol no solo broncea: también alimenta procesos productivos.

La gestión energética de la industria es hoy una variable estratégica. Determina costes, condiciona decisiones de inversión y marca la diferencia entre producir aquí o hacerlo en otro lugar. El sol español, en definitiva, no es solo un activo turístico. Es un vector energético que puede sostener una reindustrialización verde.

Sin fábricas, el paraíso turístico es solo un decorado

Sin industria, el paraíso turístico es solo un decorado. Y los decorados, sin estructura, se vienen abajo. Porque las botellas no se fabrican solas. Las hamacas no caen del cielo. Los autobuses no crecen en los árboles. Y la energía que necesitan todas esas industrias no aparece por arte de magia.

Durante años hemos aceptado un relato simplista: España como destino de sol y playa, economía de servicios, paraíso vacacional. Y está bien. El turismo es importante, genera empleo y riqueza. Pero es hora de contar la historia completa. Detrás de cada experiencia turística hay toneladas de acero, metros cúbicos de vidrio, kilómetros de cable, megavatios de energía. Hay trabajadores cualificados, ingenieros, técnicos de mantenimiento. Hay industria.

El futuro no es «o turismo, o industria». Se trata de entender que uno no funciona sin la otra.

Para que nuestro país siga siendo un referente turístico, necesitamos una industria competitiva, descarbonizada y bien equipada. Necesitamos que las empresas que producen el vidrio, el acero, los textiles, los componentes electrónicos, tengan acceso a energía asequible y limpia. Necesitamos políticas industriales que no vean a las fábricas como un problema del pasado, sino como la columna vertebral del presente.

Porque la transición energética no es solo un reto ambiental, sino también industrial. El futuro del turismo también se juega en fábricas, redes eléctricas y decisiones energéticas. En el Foro Industria y Energía lo tenemos claro: reivindicar la industria es fortalecer el turismo. No podemos permitirnos ser un país que solo sirve la mesa; debemos ser el país que también fabrica el plato, diseña la logística y gestiona de forma inteligente la energía que lo hace posible.

El turista que brinda con su cerveza fría en la Costa del Sol no lo sabe. Pero ese momento solo es posible porque, en algún lugar, una fábrica sigue produciendo. Y seguirá haciéndolo, si le damos los medios para competir en el mundo que viene.