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Los analistas Leonard Hyman y William Tilles advierten de que la escasez de agua se está convirtiendo en una cuestión de seguridad energética.
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El riesgo hídrico viaja por la red eléctrica y alcanza al conjunto del sistema energético del que depende la industria.
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La eficiencia hídrica debe evaluarse junto a la energética: medir juntos el megavatio hora y el metro cúbico en un mismo cuadro de mando.
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Las crisis de suministro que hemos conocido nacieron en pozos petrolíferos y gasoductos. La próxima podría nacer en un cauce seco.
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La sequía golpea dos veces: reduce el agua disponible y compromete la electricidad que depende de ella.
16 de octubre de 2026.
La expresión “ahogarse en un vaso de agua” suele describir un problema menor, desproporcionado por la preocupación que genera. En la industria, el peligro es el contrario: tratar el agua como un asunto menor, una partida de fondo que no merece asiento en la mesa donde se decide la estrategia energética. Y el vaso, cada año, está menos lleno de lo que suponemos.
En nuestro artículo sobre el trinomio agua, industria y energía vimos que ambos recursos son inseparables. Hoy damos un paso más: ya no se trata de reconocer esa dependencia, sino de preguntarnos qué ocurre cuando falla y qué debe cambiar en la gestión energética de la industria para no llegar tarde.
El pulso industrial al ritmo del caudal
Que el vaso se vacía no es una impresión. La escasez hídrica ya no puede considerarse una preocupación limitada a episodios excepcionales. Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, alrededor del 30 % de la superficie terrestre de la Unión Europea experimenta escasez estacional de agua cada año, y las proyecciones apuntan a una presión creciente, especialmente en el sur de Europa.
Los analistas Leonard Hyman y William Tilles advertían hace poco de que la escasez de agua se está convirtiendo en una cuestión de seguridad energética. Sus ejemplos van desde el lago Mead, en mínimos históricos, con la presa Hoover a sus pies, hasta los ríos europeos que no llevan caudal suficiente para refrigerar centrales o transportar combustible en barcazas. A ello suman el calor extremo, que además reduce la capacidad de las líneas eléctricas.
La sequía golpea así dos veces: reduce el agua disponible y compromete la electricidad que depende de ella. Si recordamos que, según la UNESCO, el 49 % del consumo de agua en Europa corresponde a la industria, su papel queda claro: no es un espectador de la escasez, sino uno de sus protagonistas.
Una fábrica puede tener garantizado el suministro eléctrico, una cartera de pedidos llena y toda la maquinaria necesaria para producir. Pero si no dispone de agua suficiente para mantener sus procesos, toda esa capacidad puede quedar comprometida. La producción no se detiene únicamente por falta de energía. También puede hacerlo por falta de agua.
La sequía energética también llega a la factura
La escasez de agua tampoco se queda en las fábricas que más la utilizan: el riesgo hídrico viaja por la red eléctrica y alcanza al conjunto del sistema energético del que depende la industria. Cuando los embalses bajan, la producción hidráulica se resiente y ese hueco hay que cubrirlo con otras tecnologías, normalmente más caras. Así, un problema que comienza en una cuenca puede acabar repercutiendo en la factura eléctrica de una fábrica situada en otro punto del sistema. El resultado es un coste energético más alto y más volátil para quien depende de la electricidad para producir. Es, en el fondo, una cuestión de competitividad.
La que denominamos en su día “sequía energética” se consolida así como un peaje directo sobre la rentabilidad industrial. El H₂O sigue siendo GWh₂O, pero solo mientras haya H₂O.
¡Ojo con gestionar el agua con los indicadores tradicionales de la industria!
Uno de los principales riesgos para valorar en su justa medida el papel del agua en el sector industrial es aplicar indicadores que pueden ser útiles en otros entornos pero que no lo son, necesariamente, en la gestión del agua. A diferencia de la mayoría de productos, el agua desafía las leyes de la oferta y la demanda: subir las tarifas no va a hacer que llueva y su demanda es totalmente inelástica: se consume prácticamente igual independientemente del precio. Además, como recuerdan también Hymann y Tilles los datos históricos sobre disponibilidad de agua ya no sirven de guía en un entorno que ha cambiado de manera radical: los recursos pasados no garantizan en absoluto recursos actuales.
Esta volatilidad en las previsiones sobre el agua hace necesaria una tarea de anticipación y coordinación.
Trasladado a la gestión energética de la industria, esto significa meter el agua en el análisis de riesgos con la misma seriedad que el precio del gas o del CO₂. Las empresas pueden identificar sus consumos críticos, reducir pérdidas, recircular agua en sus procesos y estudiar la reutilización de aguas regeneradas, además de someter la planta a pruebas de estrés hídrico. Pero también resulta necesario coordinar las políticas de agua y energía, planificar las infraestructuras con criterios de resiliencia y evaluar los efectos acumulados de las nuevas demandas sobre cada territorio.
La eficiencia hídrica, además, debe evaluarse junto a la energética: medir juntos el megavatio hora y el metro cúbico en un mismo cuadro de mando. También conviene comprobar si las soluciones de descarbonización que elegimos, desde la electrificación de procesos hasta el hidrógeno o la digitalización intensiva, aumentan o reducen la sed de la instalación. Aquellos “gigalitros de agua” que proponíamos como tercera métrica de la transición empiezan a parecer menos una metáfora y más una necesidad.
Un vaso bien medido
Las crisis de suministro que hemos conocido nacieron en pozos petrolíferos y gasoductos. La próxima podría nacer en un cauce seco. La industria que llegue a la próxima sequía habiendo medido, diversificado y planificado no solo sufrirá menos: tendrá ventaja sobre la que se enfrente al problema por primera vez con la planta parada.
Ahogarse en un vaso de agua es una exageración. Quedarse sin él no lo es. Así que la pregunta no es si la industria puede ahogarse en un vaso de agua, sino si puede permitirse no saber cuánta agua le queda.