Publicado en El Economista

  • Ormuz no ha creado los problemas de competitividad de nuestra industria; los ha intensificado y, sobre todo, los ha hecho visibles.

  • La pregunta que llevamos meses haciéndonos de manera errónea no es si queremos gas o renovables, sino qué papel debe desempeñar el gas en un sistema cada vez más renovable.

  • Plantear una tecnología de respaldo sólida y previsible no significa renegar de la descarbonización, sino dotarla de un seguro de vida.

  • No se trata de elegir entre descarbonización y seguridad energética. Se trata de diseñar la segunda para hacer posible la primera.

  • A veces, rectificar a tiempo y reordenar las prioridades no es síntoma de debilidad, sino de inteligencia estratégica.

9 de octubre de 2026

Hay momentos en los que una crisis sirve para explicar mucho más que la propia crisis. El encarecimiento del gas que estamos viviendo es uno de ellos.

Llevamos semanas señalando a Ormuz. El estrecho se ha convertido en el villano perfecto: lejano, geopolítico, ajeno a nuestras decisiones. La tensión geopolítica en la zona ha contribuido a tensionar un mercado europeo que llega al otoño con unas reservas de gas más bajas de lo habitual, y la industria española vuelve a hacer cuentas: las patronales estiman que el encarecimiento conjunto del gas y la electricidad podría añadir 7.400 millones de euros a su factura energética hasta final de año, con un 70% de ese sobrecoste concentrado en el último cuatrimestre.

Pero señalar en exclusiva a la inestabilidad internacional es incurrir en un error de diagnóstico. Ormuz no ha creado los problemas de competitividad de nuestra industria; los ha intensificado y, sobre todo, los ha hecho visibles. Lo que estamos viviendo no nace en el estrecho: nace de un modelo energético que llevaba tiempo mostrando sus costuras.

El árbol de la transición y el bosque que no vemos

Durante años hemos aprendido a pensar la transición energética en términos de llegada: 2030, 2050, los grandes hitos de la senda verde. Y ese horizonte está bien, nadie discute el objetivo. Pero una industria no produce en 2050. Produce hoy. Y mañana también.

La competitividad industrial se juega en contratos que se firman ahora, en facturas que llegan ahora y en decisiones de producción e inversión que no pueden esperar a que todas las piezas del nuevo sistema energético estén colocadas. Cuando el sector siderúrgico calcula un sobrecoste de 658 millones de euros para 2026 y ya empieza a parar producción en las horas más caras, el largo plazo deja de ser una excusa válida para no mirar el corto. La transición no se gana solo con el objetivo final; se gana también sobreviviendo a cada invierno que hay que atravesar hasta llegar a él. Y ahora mismo, con unas reservas de gas europeas en el entorno del 65% de su capacidad —muy por debajo de la media de los últimos quince años—, ese invierno pinta exigente.

Una transición energética no debería consistir en mantener una hoja de ruta intacta mientras cambia el mundo que la rodea.

Volver a la casilla de salida

Quizá haya llegado el momento de volver, aunque sea por un instante, a la casilla de salida. No para cuestionar el destino de la transición energética —nadie lo hace, ni debería hacerlo—, sino para preguntarnos qué necesitamos realmente para llegar hasta él.

Porque la pregunta que llevamos meses haciéndonos de manera errónea no es si queremos gas o renovables. La pregunta debería ser otra: qué papel debe desempeñar el gas en un sistema cada vez más renovable. Y esa pregunta se vuelve urgente cuando vemos que el precio del futuro eléctrico español para 2027 ha subido ya un 78% desde enero. Eso no se corrige con más paciencia; se corrige con decisiones, y a veces la decisión más inteligente no es insistir en el mismo diseño, sino rectificar antes de que el problema se enquiste en los contratos que estamos firmando hoy.

El papel que le hemos negado al gas

Aquí radica el gran tabú que debemos atrevernos a debatir sin dogmatismos: el papel real del gas natural en el proceso de transición energética. En la narrativa oficial, cualquier revalorización del gas suele interpretarse como un paso atrás en la senda verde. Nada más lejos de la realidad. Plantear una tecnología de respaldo sólida y previsible no significa renegar de la descarbonización, sino dotarla de un seguro de vida.

El gas natural sigue siendo un combustible fósil, y sus emisiones no son compatibles con el objetivo último de descarbonización; nada de esto pretende disfrazarlo de lo que no es. Pero eso no impide reconocer una realidad del sistema: frente a otras tecnologías de respaldo no renovables, el gas presenta una menor intensidad de emisiones de gases de efecto invernadero en términos de ciclo de vida, y una notable flexibilidad operativa para cubrir los huecos térmicos cuando la producción fotovoltaica o eólica resulta insuficiente. Su valor en esta etapa, por tanto, no está en ser el destino, sino en ejercer de respaldo.

Quizá haya llegado el momento de replantear el papel del gas: no como una alternativa a la transición energética, sino como una tecnología de apoyo dentro de ella, sometida a límites claros y destinada a perder protagonismo a medida que maduren las alternativas. Un puente, si se quiere usar esa palabra, pero un puente diseñado con un principio claro: cuanto más avance la transición, menos necesario deberá resultar. No se trata de elegir entre descarbonización y seguridad energética. Se trata de diseñar la segunda para hacer posible la primera.

Convivir con el problema, sin resignarnos a él

Nada de esto se resuelve mañana. Asumir que tendremos que convivir con esta fuente de energía durante un tiempo obliga, precisamente por eso, a otorgarle un papel adecuado y transitorio, y a exigir medidas concretas mientras dure: revisar peajes, anticipar mecanismos de contención de precios, dar certidumbre a una industria que representa el 60% del producto industrial bruto español.

Convivir con el problema no es lo mismo que resignarse a él. Lo primero exige decisiones; lo segundo es simplemente esperar al próximo Ormuz.

A veces, rectificar a tiempo y reordenar las prioridades no es síntoma de debilidad, sino de inteligencia estratégica. Si queremos que la industria siga siendo el motor de nuestra economía, debemos asegurar que el puente hacia el futuro no se derrumbe bajo el peso del presente.

Isabel Núñez Rotta, directora del Foro Industria y Energía