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El futuro puede estar enchufado, pero solo si primero lo hacemos conectable.
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Según IRENA, para 2050 más de la mitad del consumo energético mundial deberá ser eléctrico, y casi toda esa electricidad tendrá que proceder de fuentes renovables.
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La electrificación no avanza en el vacío: necesita subestaciones, conexión, planificación, permisos y una red capaz de acompañar nuevos consumos industriales.
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La transición energética no puede descansar únicamente en objetivos de generación. Debe incorporar una política de red, una política industrial y una política de suelo y permisos que estén alineadas entre sí.
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La transición no se completará con voluntarismo político sobre el papel; se consolidará garantizando que cada kilovatio renovable producido pueda llegar de forma efectiva al corazón de nuestras fábricas.
12 de junio de 2026.
La Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) acaba de actualizar su hoja de ruta global con un escenario tan ambicioso como urgente para frenar el calentamiento global: lograr que en 2050 el 54% del consumo energético mundial esté electrificado y que el 92% de esa electricidad sea de origen renovable. En España, la última actualización del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) se alinea con esta tendencia, proyectando que la electricidad pase de cubrir el 25% actual al 35% del consumo en 2030, respaldado por una movilización millonaria de inversión.
Sin embargo, la brecha entre las proyecciones estadísticas y la realidad operativa del tejido productivo abre un profundo debate. ¿Son realmente viables estos objetivos si los cimientos físicos sobre los que deben sostenerse —las redes de transporte y distribución— sufren un estrangulamiento estructural que frena la competitividad y la gestión energética de la industria en pleno proceso de transformación?
Un artículo de Pedro Biurrun en Expansión acierta al recordar que la electrificación renovable es el eje de la transición. Pero su lectura más útil quizá sea otra: que la viabilidad de ese escenario dependerá menos de la ambición del objetivo que de nuestra capacidad para construir la infraestructura, el marco regulatorio y la confianza empresarial que lo hagan posible. En otras palabras: el futuro puede estar enchufado, pero solo si primero lo hacemos conectable.
¿Utopía climática o meta volante? El choque de realidad de los horizontes 2030 y 2050
Analizar la viabilidad de un escenario donde más de la mitad de la economía global esté electrificada obliga a confrontar los deseos con la capacidad de ejecución física. La aspiración de IRENA responde a la necesidad crítica de no superar el umbral de los 1,5ºC, un límite que la propia realidad climática ya ha desbordado transitoriamente. Pero una cosa es la urgencia ambiental y otra muy distinta la velocidad de transformación de los sistemas industriales.
La electrificación renovable de la economía es una dirección correcta, necesaria y ya inevitable. Pero una cosa es el destino y otra la velocidad real a la que podremos llegar sin frenar la competitividad, sin tensionar el sistema y sin dejar inversiones en el camino. Para la gestión energética de la industria, realizar la transición hacia fuentes limpias no es solo una declaración de intenciones, sino una ecuación de costes, estabilidad de suministro y disponibilidad de acceso.
Forzar porcentajes de penetración renovable sin resolver de forma paralela la firmeza del sistema puede comprometer la seguridad del suministro industrial. Esto exige sinceridad: no todo será electrificable al mismo ritmo, y acelerar sin red puede restar competitividad frente a regiones con transiciones más pragmáticas.
El verdadero cuello de botella: la electricidad no viaja sola
El verdadero nudo gordiano de este plan no radica en la capacidad de generación, sino en la infraestructura que debe transportarla. Desde IRENA advierten con acierto que la infraestructura de red se está convirtiendo en uno de los desafíos clave de la transición, requiriendo una expansión masiva, almacenamiento y flexibilidad.
La electrificación no avanza en el vacío: necesita subestaciones, conexión, planificación, permisos y una red capaz de acompañar nuevos consumos industriales. En España, ese cuello de botella ya no es una hipótesis teórica, sino una restricción que condiciona proyectos, plazos y decisiones empresariales, como venimos señalando desde el Foro Industria y Energía en relación con el acceso a las redes y la disponibilidad de capacidad.
No basta con proclamar más electrificación si luego la industria no puede conectarse allí donde produce, amplía o descarboniza. Tampoco sirve una visión puramente estadística de la capacidad disponible si esa capacidad está donde ya no hay suelo industrial, o si la red no crece al ritmo de la demanda real.
La red al límite: el mapa que contradice el optimismo oficial
La fotografía actual del sistema de transporte eléctrico es alarmante y no permite caer en la autocomplacencia. Como señalábamos la semana pasada en una carta abierta a Beatriz Corredor, presidenta de Red Eléctrica, es inexacto afirmar que ninguna industria se ha quedado sin conectar por falta de infraestructura. La realidad es que solo una de cada cuatro subestaciones de transporte en España (el 24,5%) dispone de capacidad real para atender la demanda.
Esta saturación del sistema ha provocado situaciones críticas, como el hecho de que varias empresas hayan tenido que renunciar a las ayudas de los PERTE por la imposibilidad material de conectarse a la red. El problema se agrava por una distribución ineficiente: en provincias como Barcelona, los márgenes disponibles se concentran en subestaciones del centro urbano (como Maragall o Vilanova), totalmente inútiles para el asentamiento de grandes plantas fabriles.
Mientras tanto, en regiones con un alto potencial de atracción industrial como Andalucía, la red pierde capacidad a un ritmo vertiginoso (921 MW en solo cinco meses), amenazando con dejar el margen de conexión a cero en un horizonte inmediato si no se acometen ampliaciones urgentes.
Saturación sin expansión: el reto de hacer gobernable el futuro
El gran reto ahora no es repetir que la electrificación es imprescindible, sino convertirla en un proceso gobernable. Eso implica invertir más y mejor en redes, acelerar autorizaciones, ordenar la planificación de la capacidad y evitar que las empresas con proyectos maduros se encuentren con la puerta cerrada.
Por eso, la transición energética no puede descansar únicamente en objetivos de generación. Debe incorporar una política de red, una política industrial y una política de suelo y permisos que estén alineadas entre sí. La energía no es solo una cuestión de oferta; es también una cuestión de ubicación, tiempos y confianza.
Para que los objetivos del PNIEC en España de alcanzar ese 35% de electrificación en 2030 dejen de ser una quimera, es obligatorio redirigir los esfuerzos hacia la inversión en las redes. Una subestación saturada es síntoma de dinamismo económico, pero la saturación sin expansión es una condena a la pérdida directa de competitividad. La transición no se completará con voluntarismo político sobre el papel; se consolidará garantizando que cada kilovatio renovable producido pueda llegar de forma efectiva al corazón de nuestras fábricas.