• A menudo olvidamos que la industria tiene una dirección postal concreta. La industria es, ante todo, un vecino más.

  • Cuando una industria se implanta, el municipio se transforma. Y cuando una industria se va, el impacto no es solo económico: es social, demográfico y territorial.

  • La industria es el sol de un sistema planetario de servicios. El efecto multiplicador de una planta industrial en un municipio pequeño o mediano puede ser determinante para la viabilidad económica de todo el territorio.

  • El desarrollo energético condiciona el desarrollo industrial, y éste, a su vez, determina la viabilidad de los municipios.

  • El municipio puede ser un aliado estratégico de la industria en el proceso de transición energética, siempre que cuente con capacidades, recursos y marcos de colaboración adecuados.

13 de febrero de 2026

A menudo olvidamos que la industria tiene una dirección postal concreta. Cuando hablamos de reindustrialización, de autonomía estratégica o de transición energética, las miradas se dirigen invariablemente hacia Bruselas, hacia los ministerios o, en el mejor de los casos, hacia los gobiernos autonómicos. Sin embargo, existe un actor que permanece sistemáticamente invisible en este debate y que, sin embargo, resulta absolutamente determinante: el municipio. Porque la decisión final sobre dónde se implanta una fábrica, dónde se construye una planta de producción o dónde se despliega un hub logístico la toma siempre un ayuntamiento.

La industria es un vecino más.

Esta realidad, tan evidente como ignorada, tiene implicaciones profundas que van mucho más allá de lo puramente administrativo. El municipio no es un receptor pasivo de inversiones industriales ni un simple tramitador de licencias. Es, en realidad, el origen de cualquier proyecto industrial. Cada planta, cada polígono industrial o cada centro de investigación no son entidades abstractas dentro de una estrategia nacional, sino realidades físicas que se insertan en comunidades específicas. La industria es, ante todo, un vecino más.

Los municipios, especialmente los de tamaño medio y pequeño, actúan como catalizadores del devenir industrial. De hecho, el 40% de las empresas de tamaño intermedio en España se ubican en municipios de menos de 20.000 habitantes, lo que demuestra que el músculo industrial español no se concentra solo en grandes urbes, sino que está profundamente enraizado en el territorio. En ellos puede iniciarse un ciclo de desarrollo o, si las condiciones no acompañan, una larga inercia de declive. En este tablero, el municipio es la «casilla de salida» y, a menudo, el árbitro que decide si el partido se juega o no. Estas decisiones, aparentemente micro, tienen efectos macro sobre el empleo, el arraigo poblacional y la estructura productiva del territorio. Cuando una industria se implanta, el municipio se transforma. Y cuando una industria se va, el impacto no es solo económico: es social, demográfico y territorial.

El efecto gravitacional de la fábrica

Cuando una industria decide su ubicación basándose en la facilidad de gestión que le brinda un territorio, está arrastrando consigo a todo un ecosistema. Genera servicios logísticos, empresas auxiliares, proveedores locales, comercio, hostelería. La industria es el sol de un sistema planetario de servicios. El efecto multiplicador de una planta industrial en un municipio pequeño o mediano puede ser determinante para la viabilidad económica de todo el territorio.

Por el contrario, cuando una fábrica cierra o se deslocaliza por falta de competitividad, lo que se destruye no es solo un pabellón industrial: se rompe el tejido social de un municipio. Las escuelas ven disminuir su número de alumnos, los comercios cierran, y el sentimiento de comunidad se erosiona. La pérdida de actividad industrial suele acelerar procesos de despoblación, envejecimiento y debilitamiento económico. Por eso, hablar de industria no es solo hablar de producción o competitividad. Es hablar de modelo territorial, de equilibrio entre regiones y de oportunidades reales para los municipios que quedan fuera de los grandes polos urbanos.

Si aceptamos que la cohesión territorial es un objetivo irrenunciable de las políticas europeas, entonces debemos reconocer que cualquier estrategia seria de desarrollo industrial debe situar al municipio en el centro.

La energía decide dónde se ancla la industria

La gestión energética de la industria se ha convertido en un factor crítico. El acceso a energía competitiva ya no es solo una cuestión de costes, sino de viabilidad estratégica. Precios volátiles, restricciones de red, dificultades de acceso a nueva potencia o retrasos en infraestructuras energéticas pueden frenar proyectos industriales o desincentivar inversiones clave.

La transición energética añade una capa adicional de complejidad. La electrificación de procesos, la integración de renovables, el autoconsumo, el almacenamiento o el hidrógeno renovable son decisiones que afectan directamente a la competitividad industrial, pero que se despliegan en el territorio. Y es en el ámbito municipal donde se materializan -o se bloquean- muchas de estas soluciones.

El desarrollo energético condiciona el desarrollo industrial, y éste, a su vez, determina la viabilidad de los municipios. No se trata de tres dimensiones separadas que ocasionalmente se cruzan: son tres variables profundamente interdependientes que conforman un único sistema. Un municipio que integra su desarrollo industrial con su potencial energético está haciendo, en realidad, política de vivienda, política de servicios públicos y política de futuro.

Los ayuntamientos que impulsen infraestructuras energéticas locales -renovables, redes inteligentes, comunidades energéticas o iniciativas de autoconsumo- estarán mejor posicionados para atraer y retener inversión industrial. De otro modo, la falta de garantías energéticas puede desincentivar la implantación de industrias intensivas en consumo energético, precisamente aquellas que generan mayor valor añadido y empleo de calidad.

El municipio como agente estratégico de la transición energética

Un ayuntamiento que facilita la tramitación de proyectos de autoconsumo industrial, que impulsa comunidades energéticas locales donde participen las industrias del polígono, que negocia con operadores para desplegar infraestructuras de recarga para flotas logísticas o que reserva suelo para almacenamiento energético está contribuyendo directamente a la competitividad de las empresas de su territorio. Está actuando, aunque no siempre sea consciente de ello, como un auténtico agente estratégico de la transición energética.

Sin embargo, muchos municipios industriales carecen del conocimiento técnico, de los recursos o simplemente de la conciencia sobre el papel que pueden y deben jugar en este proceso. Siguen entendiéndose como actores pasivos que esperan que lleguen inversiones, en lugar de reconocerse como agentes activos que pueden condicionar decisivamente la viabilidad y competitividad de esas inversiones mediante sus decisiones en materia energética y territorial.

La proximidad al territorio permite a las administraciones locales identificar necesidades concretas, anticipar conflictos y generar consensos que faciliten la implantación de soluciones energéticas. El municipio puede ser un aliado estratégico de la industria en el proceso de transición energética, siempre que cuente con capacidades, recursos y marcos de colaboración adecuados.

Fortalecer al municipio como nodo industria-energía-territorio

La transición energética no puede abordarse únicamente desde una lógica tecnológica o regulatoria. Necesita incorporar una dimensión territorial clara, que tenga en cuenta la capacidad real de los municipios para acompañar a la industria en este proceso.

La soberanía industrial no se mide únicamente en capacidad productiva o autonomía tecnológica. También se mide en capacidad para sostener actividad industrial en el territorio, de forma equilibrada y competitiva. Sin municipios capaces de acoger industria, no hay reindustrialización posible. Sin energía accesible en el territorio, no hay transición viable.

Reforzar la competitividad industrial pasa, por tanto, por reforzar el papel del municipio como nodo clave entre industria, energía y territorio. Esto implica tres cambios fundamentales:

Primero, reconocer explícitamente al municipio como actor estratégico en las políticas de desarrollo industrial y transición energética, no como mero ejecutor de decisiones tomadas en otras instancias. Esto significa dotarlo de capacidades técnicas, de recursos y de canales de participación efectiva en la toma de decisiones.

Segundo, facilitar la colaboración directa entre municipios y empresas en la definición de proyectos industriales y energéticos. Generar espacios de diálogo donde municipios e industrias puedan identificar conjuntamente oportunidades, anticipar necesidades y establecer compromisos mutuos.

Tercero, visibilizar y compartir buenas prácticas. Casos como COVAP -cooperativa agroindustrial con sede en Pozoblanco, un municipio de 10.000 habitantes- demuestran que es posible construir liderazgo industrial desde territorios pequeños cuando hay visión estratégica y compromiso local. Existen municipios que están haciendo cosas extraordinarias en materia de atracción de industria sostenible, de despliegue de infraestructuras energéticas o de creación de ecosistemas industriales descarbonizados. Pero esas experiencias permanecen frecuentemente en la invisibilidad, sin que otros municipios puedan aprender de ellas.

Mirar lo local para pensar lo global

En un momento en el que Europa busca redefinir su modelo industrial, conviene recordar que las grandes estrategias se sostienen sobre decisiones locales. La industria no es una abstracción: tiene dirección, código postal y vecinos.

Las políticas europeas de resiliencia energética, digitalización o transición verde solo tendrán éxito si consiguen traducirse en oportunidades concretas sobre el terreno: fábricas que abran, trabajadores que se formen y municipios que prosperen. La soberanía industrial europea empieza en el municipio, porque es el municipio el que pone en práctica -o no- esa visión de autonomía y sostenibilidad.

El reto está planteado. La pregunta es si seremos capaces de articular un modelo de desarrollo industrial que reconozca al municipio como lo que realmente es: no el final del proceso, sino su origen. No un obstáculo burocrático, sino un aliado estratégico. No un actor pasivo, sino el verdadero guardián de la cohesión territorial y, en definitiva, de la viabilidad de cualquier proyecto de reindustrialización sostenible que nos tomemos en serio.