• La transición energética se ha construido sobre gigavatios y gigatoneladas de CO₂. Es hora de añadir una tercera métrica: los “gigalitros” de agua.

  • Según el Informe Mundial sobre el Desarrollo del Agua de la UNESCO, el 49 % del consumo de agua en Europa está destinado a la industria.

  • Cualquier mejora en la eficiencia del tratamiento de agua tiene un impacto directo en la factura energética, y a la inversa: una industria que gestiona mejor su energía puede también reducir sus necesidades de agua de proceso.

  • Mientras la energía eleva la temperatura de los procesos, el agua la baja. Ambas son inseparables.

  • Los embalses no son solo depósitos de agua. Son también baterías que almacenan un nuevo concepto.

  • El futuro de la descarbonización no es solo verde. También es azul. Y debemos evitar el riesgo de una sequía energética.

29 de mayo de 2026.

No existe empresa industrial que pueda operar sin energía. Tampoco existe empresa industrial que pueda operar sin agua. Y, sin embargo, ambos recursos han vivido durante décadas en compartimentos estancos: regulaciones distintas, indicadores distintos, estrategias distintas. Hoy, en plena transición energética, esa separación empieza mostrar sus límites.

El embalse es una batería: del H₂O al GWh₂O.

El Foro Económico Mundial (WEF) acaba de publicar un informe que lo dice sin rodeos: el agua es la divisa oculta de la transición energética, integrada en cada kilovatio generado, en cada batería producida y en cada centro de datos refrigerado.

Un buen ejemplo de ello lo tenemos en casa. El complejo hidroeléctrico de Cortes-La Muela, en la cuenca del Júcar (Valencia), es la mayor central de bombeo reversible de Europa. Con una potencia instalada de más de 1.700 MW y una capacidad de almacenamiento de 24 GWh, no es solo una central eléctrica: es una gigabatería. Cuando hay excedente de energía renovable en la red —pongamos que el viento sopla fuerte a las tres de la madrugada—, esa energía no se desaprovecha; se usa para bombear agua desde el embalse inferior hasta el depósito superior. Cuando la demanda repunta, el agua cae, las turbinas giran y la electricidad fluye. Cuando la red tiene excedente, el agua sube. Cuando la demanda aprieta, el agua cae y la electricidad fluye.

Dicho de otra manera: los embalses no son solo depósitos de agua. Son baterías. El H₂O es también GWh₂O.

Esta central demostró su valor estratégico el pasado 28 de abril, cuando fue una de las primeras infraestructuras en verter energía a la red durante el gran apagón que sacudió la Península. Su capacidad de arranque autónomo —sin necesidad de electricidad externa— la convierte en un activo de resiliencia de primer orden.

El 49 %: la industria y el agua que no vemos en la factura

Si la energía tiene contadores, el agua industrial tiene muchos menos. Y, sin embargo, los datos son contundentes. Según el Informe Mundial sobre el Desarrollo del Agua de la UNESCO, el 49 % del consumo de agua en Europa está destinado a la industria. A escala global, el 19 % del agua dulce extraída se utiliza de forma conjunta para la industria y la generación de energía.

La industria de la alimentación quizás sea el espejo más claro: produce lo que comemos, pero para hacerlo necesita ingentes cantidades de agua en cada fase del proceso. La industria química, la siderúrgica, la farmacéutica, la textil: todas tienen el agua como insumo invisible.

Y hay un uso que ha irrumpido con fuerza en la agenda: los centros de datos. Cada búsqueda, cada consulta a una inteligencia artificial, cada vídeo en streaming genera calor que hay que disipar. Ese calor se combate, en la mayoría de los casos, con agua. Mientras la energía eleva la temperatura de los procesos, el agua la baja. Ambas son inseparables.

Tratar el agua también precisa energía

La relación no es unidireccional. Si el agua es necesaria para generar energía, la energía es imprescindible para tratar el agua. El tratamiento de agua potable y la depuración de aguas residuales representan hasta el 5,4 % de la demanda eléctrica mundial, según estimaciones recientes. En muchos municipios y polígonos industriales, es una de las partidas energéticas más pesadas y, paradójicamente, una de las menos optimizadas.

Esto significa que cualquier mejora en la eficiencia del tratamiento de agua tiene un impacto directo en la factura energética, y a la inversa: una industria que gestiona mejor su energía puede también reducir sus necesidades de agua de proceso.

El riesgo de la sequía energética

Cuando se habla de riesgos climáticos para la industria, se piensa en fenómenos meteorológicos extremos o en la subida del precio del CO₂. Raramente se piensa en la sequía como riesgo operativo inmediato. Y se debería.

Las fábricas y las centrales eléctricas han sido históricamente algunos de los mayores consumidores de agua del planeta, especialmente para refrigeración. Cuando llega una sequía severa, estas instalaciones se vuelven vulnerables y las cadenas de suministro pueden llegar a paralizarse, como apunta el WEF en su reciente informe sobre agua y descarbonización. No es un escenario hipotético: ya ha ocurrido en Europa con plantas termoeléctricas que tuvieron que reducir su producción por la temperatura excesiva del agua de los ríos.

La transición hacia renovables no es solo una decisión climática. Es también una decisión de gestión del riesgo hídrico: el viento y el sol consumen infinitamente menos agua que cualquier tecnología de generación térmica.

Gestión integrada: la asignatura pendiente

La solución existe y tiene nombre: gestión integrada de agua y energía. Mejorar la eficiencia energética reduce la demanda de agua, y viceversa. Son vasos comunicantes que durante demasiado tiempo se han gestionado de forma independiente.

Las empresas industriales con visión estratégica ya están tomando medidas: sistemas de refrigeración de circuito cerrado, reutilización de aguas residuales, optimización de procesos mediante inteligencia artificial. Según el WEF, las tecnologías de eficiencia hídrica podrían ahorrar decenas de miles de millones de metros cúbicos de agua al año a nivel global, mientras simultáneamente reducen la energía y las emisiones de carbono asociadas a bombear, calentar, tratar y transportar esa agua.

Sin embargo, el principal obstáculo no es tecnológico, sino organizativo. Agua y energía han vivido en silos regulatorios y empresariales distintos. La oportunidad está en romper esos silos, alinear incentivos y medir ambos recursos de forma conjunta.

Una sola métrica no basta

La transición energética se ha construido sobre gigavatios y gigatoneladas de CO₂. Es hora de añadir una tercera métrica: los “gigalitros de agua”. No porque el agua sea más importante que la energía, sino porque son inseparables. Ignorar uno de los vértices del trinomio significa subestimar los costes reales de la descarbonización y, sobre todo, los riesgos operativos que ya están llamando a la puerta de la industria.

El futuro de la descarbonización no es solo verde. También es azul. Y nuestro reto ha de ser evitar también la sequía energética.