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La borrasca Kristin provocó la parada de 5.000 MW de generación eólica por vientos superiores a 90 km/h.
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Red Eléctrica activó el SRAD y paralizó 1.725 MW de potencia industrial durante dos horas.
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20 ciclos combinados no estaban acoplados y no pudieron responder a tiempo al desequilibrio.
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No hubo un exceso de electricidad renovable, sino un exceso de viento que obligó a parar aerogeneradores por razones de seguridad.
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La industria vuelve a actuar como colchón de un sistema que necesita más respaldo y flexibilidad.
30 de enero de 2025
La mañana del 28 de enero, entre las 8 y las 10 horas, Red Eléctrica activó el Servicio de Respuesta Activa de la Demanda (SRAD) y desconectó temporalmente a 80 grandes industrias que participan en este mecanismo. La causa fue un desajuste brusco entre generación y demanda provocado por la borrasca Kristin, que desencadenó la parada automática de miles de megavatios eólicos, una caída en las importaciones desde Portugal y la indisponibilidad inmediata de reservas térmicas suficientes.
El episodio ha vuelto a poner el foco sobre una realidad incómoda: la industria española sigue actuando como el fusible del sistema eléctrico, la primera en desconectarse cuando algo falla en la ecuación entre oferta y demanda.
¿Qué pasó exactamente?
Algunos titulares hablaron de “exceso de generación eólica”. Sin embargo, lo ocurrido fue exactamente lo contrario. No hubo un exceso de electricidad renovable, sino un exceso de viento que obligó a parar aerogeneradores por razones de seguridad, provocando una caída brusca de la generación eólica. La diferencia no es menor: de ella depende cómo entendemos los riesgos del sistema y qué soluciones ponemos sobre la mesa.
Según los datos conocidos, la previsión apuntaba a una producción eólica superior a los 11.000-12.500 MW. La realidad fue muy distinta: la generación efectiva cayó hasta unos 7.500 MW en plena mañana, con rachas de viento que superaron los 90 km/h -e incluso alcanzaron los 130 km/h en algunas zonas-, activando los mecanismos automáticos de parada de los parques. A este déficit se sumó una reducción significativa de las importaciones desde Portugal, también afectado por el temporal.
El resultado fue un desajuste de en torno a 2 GW entre generación y demanda en un momento crítico del día. Aunque el sistema contaba con ciclos combinados disponibles, muchos de ellos no estaban acoplados ni en reserva operativa, lo que limita su capacidad de reacción inmediata. Ante este escenario, el operador activó el SRAD, un mecanismo previsto precisamente para estas situaciones y que funcionó sin incidencias.
Desde el punto de vista técnico, el sistema respondió. Desde el punto de vista estratégico, el episodio lanza varias alertas que conviene no ignorar. Desde el Foro Industria y Energía debemos preguntarnos: ¿qué nos dice este episodio sobre el sistema eléctrico español? ¿Estamos normalizando que la industria sea el fusible por defecto cada vez que hay un desequilibrio?
Las lecciones que deja este episodio
La diversificación del mix no es negociable. La transición energética no puede descansar exclusivamente sobre renovables sin respaldo suficiente. Cuando 5.000 MW de eólica caen en minutos, el sistema debe poder responder de inmediato. La eólica no falló; operó conforme a los protocolos de seguridad. Pero este episodio demuestra hasta qué punto la transición está ligada a la capacidad de anticipar desviaciones, gestionar rampas rápidas y disponer de recursos flexibles que puedan activarse con muy poco margen de tiempo.
La reserva térmica debe estar disponible. Que 8.000 MW de ciclos combinados no estuvieran preparados para entrar revela un problema de planificación. Si la térmica debe responder en emergencias, tiene que estar lista. El episodio evidenció que disponer de capacidad teórica no es lo mismo que tener capacidad operativa disponible en el momento necesario. La existencia de hasta 20 ciclos combinados sin acoplar, incapaces de reaccionar a tiempo, subraya la importancia de revisar los criterios de programación y reserva.
Almacenamiento y gestión flexible son urgentes. Este episodio refuerza la necesidad de más baterías, bombeo reversible y gestión inteligente de la demanda. Deben dejar de ser proyectos piloto y convertirse en infraestructura crítica. Flexibilidad no es solo generación: también son interconexiones y una red preparada para absorber y redistribuir energía. Sin ellas, el riesgo no es un gran apagón, sino una sucesión de episodios pequeños que, acumulados, erosionan la previsibilidad que la industria necesita para invertir, electrificarse y competir.
La industria no puede ser el ajuste estructural. El SRAD es útil, pero no puede ser la solución habitual para cubrir carencias de planificación. La industria necesita previsibilidad para invertir y electrificarse. Si cada desajuste se resuelve desconectando fábricas, dificultamos la reindustrialización. Una vez más, la industria fue la primera en apagarse para compensar un desequilibrio que no había provocado. El SRAD es un instrumento valioso y voluntario, y su activación fue correcta. Pero normalizar que la competitividad industrial dependa de paradas puntuales, aunque sean remuneradas, plantea preguntas de fondo sobre el modelo de transición y el reparto de costes del ajuste.
Las interconexiones no siempre son la válvula de escape. Cuando Portugal sufre el mismo problema por el mismo temporal, la interconexión no ayuda. España necesita suficiente capacidad interna de respaldo.
Por último, este suceso deja también una enseñanza para el debate público. Hablar de «exceso de generación» cuando lo que existe es un déficit provocado por condiciones extremas puede distorsionar la percepción social de la transición energética. No estamos ante un problema de «demasiadas renovables», sino ante la necesidad de acompañar su despliegue con una gestión del sistema a la altura de su complejidad creciente.
No normalicemos lo excepcional
En 2025 no hubo ninguna activación del SRAD. Esta es la primera del año. El riesgo es normalizar estos episodios, asumir que «así funciona la transición energética» y que la industria debe acostumbrarse a parar cuando el sistema lo requiera.
La transición energética debe construirse sobre un sistema robusto, diversificado, con respaldo suficiente y con la industria como protagonista activa, no como fusible de emergencia. El episodio del 28 de enero es una alerta: no sobre la viabilidad de las renovables, sino sobre la necesidad urgente de un sistema más flexible, con más almacenamiento, reservas térmicas bien planificadas y una visión que sitúe a la industria en el centro de la transición.